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samedi 12 janvier 2013

Eleodora y Las consecuencias


Stockcero acaba de publicar dos novelas de Mercedes Cabello de Carbonera: Eleodora (1887) y Las consecuencias (1889) para la cual he escrito, gratamente, un prólogo y algunas notas. Ambas están íntimamente unidas a través de un proceso de reescritura.

La profesionalización de la escritura y la formación de la conciencia individual del sujeto moderno nos han llevado a pensar frecuentemente en esta actividad como un continuo proceso de reescritura, es decir, a pensar en el novelista (el genio) como el autor de un solo gran libro, de un mismo libro. Es cierto que la literatura decimonónica puede comprenderse también dentro de este horizonte, aunque hay otros factores de época a tener en cuenta: la premura con que los editores exigían la entrega de folletines que atrajeran al público y que asegurasen la compra masiva de prensa, la necesidad de conservar el prestigio que les había otorgado una primera novela anunciando su continuación o alguna extensión de la misma, bajo estos pretextos, no obstante, en algunos casos, y este es el caso de Mercedes Cabello, también se caminaba hacia la búsqueda de una nueva estética, una que fuese más efectiva en criticar los malestares sociales que agobiaban a las mujeres: padres autoritarios y conservadores, maridos viciosos, matrimonios por conveniencia, una clase alta sumida en las apariencias, los prejuicios y las intrigas de salón, etc.

Sin embargo, las respuestas a la pregunta: ¿por qué se reescribe una novela?, nunca se agotan, como las respuestas a: ¿por qué escribimos?, ¿por qué insistimos?, ¿por qué...?



dimanche 23 décembre 2012

¿A dónde se fue el espíritu navideño?


Hay personas que no celebran su cumpleaños para que no les recuerden su nueva edad o el cúmulo de años sobre la piel. A mí me encanta mi cumpleaños, lo que no soporto es la navidad. No sé si es por no tener cerca a mi familia o simplemente por parecerme falsa la serie de ritos impuestos: comprar regalos, comer mucho (muchas grasas y azúcares) y sobre todo por eso de, sin más ni más, llegada una fecha del año, desearle lo mejor a todo el mundo: sentir el corazón colmado de amor. A pesar de que casi siempre he pensado así, hasta hace dos años, la había pasado rodeada de alguna cena, de alguna familia amiga, de niños, de arbolito y regalos. Siempre, hasta el año pasado que encontré, casualmente, en Granada un refugio de encantadora libertad. Pasé unos días separada de las celebraciones sintiendo el paso de las horas entre mis pensamientos y mi incipiente escritura, a ratos, el ruido familiar de las fiestas vecinas llegaba hasta mi ventana y yo sonreía.
Lo creí algo excepcional, pero ahora que ha vuelto a llegar, increíblemente rápido, la misma fecha, me pregunto: ¿y si no compro ningún regalo?, ¿si no envío ninguna tarjeta con buenos deseos?, ¿si no tomo chocolate, ni salgo a comprar panettone?, ¿si no preparo ninguna ave para la cena?, ¿cuál será mi castigo? Si la paso nuevamente pensando, escribiendo las primeras hojas de libros con que sueño, si me entrego con furor a la página en blanco, si me duermo, así, con la chimenea sin regalos (con mi chimenea ciega llena de poemas), si hago todo esto, o mejor dicho, si no hago todo lo que se debe hacer, ¿entonces, qué?, ¿qué habrá cambiado? Nada, solo tal vez se haya abierto una pequeña posibilidad de que vengas tú. 

lundi 29 octobre 2012

Cuaderno de viajes

Al instalarme en Francia sentí que había escapado del caos, la violencia y la falta de respeto que reinan en una ciudad como Lima. Ahora, leyendo los libros de viajes de principios del siglo pasado, descubro que en aquella época la percepción era totalmente distinta, diría, contraria. Las plazas y avenidas europeas que para cualquier sudamericano, hoy, parecen calmas y ordenadas, en aquella época, estaban llenas de veloces coches: máquinas que podían en cualquier momento arrollar a alguien; llenas de ladronzuelos que solían arrebatar la maleta a los viajeros; de guías, meseros y conserjes que no atendían si antes no tenían algunas monedas en su poder. Ruidosas y agresivas, estas ciudades europeas eran ejemplo de industria, reino del capitalismo orondo donde vibraban los adelantos y los estragos de la modernidad.
Cuando Clorinda Matto recorrió Europa por primera vez tenía cincuenta y seis años. Al cabo de los ocho meses en que conoció distintas ciudades de España, Francia, Inglaterra, Italia, Alemania y Suiza no solo estaba exhausta, sino que las fuertes impresiones le impedían ya dormir y sufría constantes ataques nerviosos. Viajaba sola, de modo que no podía compartir con nadie sus miedos, excepto volcarlos en su cuaderno donde registraba cada anécdota, cada vista asombrosa, pero también, uno a uno, sus contratiempos.
Los viajes están hechos para que pasen “cosas”, para que suceda “algo” que merecerá ser recordado por su singularidad, por salir de lo rutinario y habitual, de allí la abundancia de sus relatos. Yo misma, suelo viajar acompañada de una pequeña libreta. Es curioso, pero ahora que no viajo mucho, o por lo menos, no tanto como quisiera, sigo llevando el cuaderno. Lo llevo a pesar de no hacer nada con lo anotado, o quizá solo con la intención de que después de tanto escrito surga un solo verso. ¿Vivir en el extranjero, no nos da acaso la sensación de un viaje constante? ¿Qué es esto de hacer nuestra casa en un lugar donde aún no nos reconocen como ciudadanos de pleno derecho? Mi casa está aquí, mucho más que allá, pago aquí mis impuestos, tengo un médico, una panadería favorita, una casera en el mercado, amigos, sobre todo amigos, pero no sé por cuánto tiempo este orden seguirá existiendo, no sé hasta cuándo será, entonces viajo. Quizá no sea el viaje tanto una actividad, sino más bien un estado mental.
Clorinda murió pocos meses después de volver a Buenos Aires, en este viaje se reconoció más europea que nunca al encontrarse con la historia, la geografía, los monumentos que solo había conocido en libros, al entrevistarse con varios de los escritores que admiraba. Las diferencias, sin embargo, también la hicieron sentirse más peruana, más quechua, que nunca. En medio de esta contradicción cruzó por última vez el Atlántico.
No cabe duda que viajamos con el cuerpo, por eso este se enferma con el cambio de horarios, de alimentación, de costumbres, se exita o se deprime con los nuevos olores. También lo hacemos con la mente, representamos nuestros miedos, nos encontramos un poco más desnudos fuera, nos miramos mucho mejor a nosotros mismos cuando el otro es evidentemente distinto. Pero también viajamos con el papel y cuando esto sucede hay que agradecerlo, como yo ahora agradezco a Clorinda el haber tenido la extraordinaria idea de viajar escribiendo, de haber registrado su soledad para yo no sentir tanto el frío de la mía.

Referencia: Matto, Clorinda. Viaje de recreo, edición de Mary Berg, Doral: Stockcero, 2010

vendredi 22 juin 2012

Todas las búquedas en la biblioteca llevan a la biblioteca misma I


Hoy en la Bibliothèque Nationale me acabo de enterar que el matrimonio de Pardo Bazán, la escritora gallega del siglo XIX, se deterioraba cada vez más, debido a los largos periodos que solía pasar en París. Tres o cuatro veces al año se internaba en esta biblioteca y preparaba sus investigaciones.
La imagino, la pienso en el lugar que ocupo, escribiendo la novela, las cartas, los artículos de prensa que ahora leo. La veo también leyendo y tratando de comprender las polémicas y los debates contemporáneos, ¿acaso no le era a ella tanto o más difícil que a mí? ¿No se ahogaba en los sucesos del día a día hasta escapársele la forma de muchos de los fantasmas de su tiempo? Yo paso las páginas del semanario rápidamente, los días corren, los años se desvanecen: ligera culpa.  

samedi 28 janvier 2012

De viajes y viajeros

Manuel Atanasio Fuentes empieza así sus Apuntes Históricos de Lima: "Un viajero francés entraba a Madrid en el momento en que dos mozos sostenían una lucha cuchillo en mano; el viajero sacó, en el acto, su libro de memorias y escribió: "A las doce del día todos los españoles se dan de navajazos". Un inglés entró a París y, al salir de la estación del ferrocarril, lo primero que vio fue que un coche pasando sobre una pobre vieja, la había maltratado mortalmente; al punto escribió en su diario: "La crueldad de los franceses llega hasta el extremo que todos los jueves, a las seis de la tarde, hacen matar a las viejas que cometen la imprudencia de salir a la calle, empleando para ello unos choches municipales que persiguen a esas infelices y las derriban pasando después por encima de sus frágiles cuerpos. ¿Cuánto no se dice y con cuánta soltura no se calumnia a los pueblos distantes, y muy especialmente, a los americanos del sur?". Sí, hoy sabemos que Fuentes contó también a su manera la historia de su ciudad, que la legitimidad no radica necesariamente en la cercanía, que muchas veces a la distancia atamos cabos sueltos, recordamos y vemos lo que antes no habíamos podido ver de la ciudad natal, que conocer una ciudad es casi tan complejo como conocer a una persona: sacamos conclusiones muy a prisa. Valdría la pena, en todo caso, tener siempre una libretita a mano a ver si por lo menos nos queda la historia.

samedi 19 novembre 2011

La escritura, los espejos


Conozco escritores orgullosos de su obra, gozosos con su escritura, ¡los admiro! Yo no he podido aún superar el pudor..Ya bastante me ha costado desprenderme de otros, del pudor del cuerpo desnudo, por ejemplo, el de la palabra lo siento aún más grave. Leyendo la correspondencia de César Vallejo, encuentro su famoso comentario sobre la recepción de Trilce, en carta dirigida a Antenor Orrego dice: “...el libro ha caído en el mayor vacío. Me siento colmado de ridículo, sumergido a fondo en ese carcajeo burlesco de la estupidez circundante, como un niño que se llevara torpemente la cuchara por las narices”. Qué impresionante imagen: no la torpeza del escritor sino la imagen autoimpuesta, la que éste recibe de los otros como de un enorme espejo humano, la de su supuesta torpeza, una torpeza, además, motora y consustancial. Es difícil vernos a nosotros mismos y mucho más difícil descubrir cómo los otros nos ven: la eterna historia de los espejos y su deformidad. 

vendredi 18 novembre 2011

Escrito a ciegas


En Escrito a ciegas, Martín Adán dice: “La Poesía es, amiga,/ Inagotable, incorregible, ínsita./ Es el río infinito/ Todo de sangre,/ Todo de meandro, todo de ruina y arrastre de vivido...”. Sabemos que Adán escribió este largo y magnífico poema en respuesta a una petición formal, inocente, casi aburrida, de una estudiosa de literatura que quería saber sobre el escritor. ¿Acaso muchas de las cosas geniales no se originan así a partir de preguntas simples y elementales? Parece muy fácil preguntar y más bien difícil responder, pero quizá sea este tipo de preguntas aquello que nos hace falta. Es cierto que Martín Adán hubiese podido escribir poemas portentosos como los que escribió sin este cuestionario casual, pero hubiesen sido otros y no Escrito a ciegas. Escrito a ciegas no hubiese existido. Las preguntas no siempre desencadenan certezas, en todo caso, no es esto lo que más importa, sino la forma de sus respuestas: su lenguaje, las nuevas metáforas, decir lo mismo en rutas diferentes, y en la vida, lo que más necesitamos son estos muchos caminos.

jeudi 13 octobre 2011

La Bella Limeña desde 1872


El domingo 7 de abril de 1872 vio la luz el semanario La Bella Limeña. El primero dedicado a la familia y a la mujer en el Perú. Su editor lo justificaba así: “Ya se hacía sentir la necesidad de una publicación dedicada a las encantadoras hijas del Rímac”. Me gusta la fuerza del impersonal, la necesidad no es subjetiva sino exigida por el entorno. La dicta las calles, el río, los edificios, sus olores, los pregones y hasta las variantes del gris. Leer La Bella Limeña puede ser una experiencia tan intensa como atravesar cotidianamente la ciudad, ¿o más? Cuántas veces releyendo sus páginas no he imaginado vivir también en el siglo XIX: quizá he aprendido a enamorarme en los folletines: “Un amor desgraciado”, “Ciega de amor”; a presentir la rebeldía con “Memorias de una coqueta”. Hubiese sido tal vez, pienso, una fetichista del papel impreso, lectora coleccionista de libros, partituras, papeles perfumados, de todas las tintas. Otras veces, he querido ser una de sus anunciadoras: institutriz, modista, aunque casi siempre: costurera de ropa blanca. Ella es quien conoce los secretos y sale con ellos a comprar el pan a la mañana siguiente. La que luego se sienta en su silla de madera, un poco encorvada frente a su máquina, y les da forma golpe tras golpe, tac, tac, una tecla y otra. He sentido la necesidad muchas veces, pero solo hasta hoy se había hecho sentir.